Hefesto: el dios griego de la metalurgia y el fuego

Desgraciadamente, y muy a su pesar, fue Hefesto el único feo entre los Dioses mayores; los demás, salvo algún pobre Dios de segunda categoría (Como Pan), eran hermosísimos y portadores de una belleza deslumbrante y conquistadora.

Su madre, Hera, lo concibió por sí sola, sin la participación de varón alguno. Cuando lo hubo parido, y contempló que era tan grácil y deforme, y que  por lo tanto, no estaba a la altura de los demás Dioses de primera magnitud, lo tomó por un pie y lo arrojó muy lejos, sin el menor asomo de piedad  o clemencia.

Tullido por aquel golpe, el pequeño Hefesto fue amorosa y tiernamente recogido por Tetis y Eurínome, las cuales, conmovidas por sus lágrimas, le  regalaron una muleta de oro y una pequeña fragua en el fondo del mar, para que jugara e hiciera fructificar su talento. Inmediatamente Hefesto,  gracias a aquel regalo, reveló ser un habilísimo y muy capaz artesano. Todo lo que producía era de una calidad sublime y excepcional. Por otra parte,   y a pesar de su ridículo aspecto, tenía una fuerza increíble en los brazos.

Hefesto: el dios griego de la metalurgia y el fuego

Cierto día, Hera vio fulgurante sobre la túnica de Tetis un broche de oro de refinada y hermosa factura.

– ¿De donde lo has sacado?- preguntó entusiasmada.

– Me lo ha regalado un chiquillo de nueve años. Él mismo lo ha labrado para mí.

– ¿y quién es ese pequeño genio?– Insistió Hera, mas interesada que nunca.    ¿Te acuerdas de Hefesto, aquel niño que arrojaste al mar por ser  indigno de llamarse Dios? Pues bien, se trata de él. Eurínome y yo lo recogimos medio muerto, y actualmente él, agradecido, nos cubre de  obsequios.Pretendió entonces Hera que su hijo regresara a su lado, y como primera medida, le encargó un asiento Real que fuese digno de su presencia.

–  Soy la esposa de Zeus, la más poderosa entre los Dioses del Olimpo – dijo – . Constrúyeme un trono del que nadie jamás pueda destronarme.

Ante aquella poderosa manifestación de poder, Hefesto se lo hizo a medida: erigió un trono reproporciones gigantescas, tan tachonado de piedras  preciosas que mirándolo fijamente durante largo tiempo llegaban a doler los ojos, víctimas de su esplendor y brillo descomunal.

Sin embargo, apenas Hera se acomodó en él, dos personas (hechas de oro) brotaron de pronto de los brazos de aquel trono y la aprisionaron sin  reparo. Tal como ella misma había pedido, a partir de aquel día nadie en el mundo podría destronarla, ni tan siquiera Zeus.

Seguidamente, sus desesperados gritos llenaron los aires durante meses y mese, razón por la cual el Olimpo entero imploró al joven tullido que  liberase a su madre, pero Hefesto se mostró inquebrantable en su decisión.

–  Qué ocurre madre? – le preguntaba sarcásticamente Hefesto, lleno de rabia y dolor. – Solo tengo dos madres putativas, Tetis y Eurínome, y no  tengo noticias de que precisen ayuda.

Pero, ¿verdaderamente Hefesto odiaba a Hera hasta ese extremo? En realidad, no existe una única respuesta a tal pregunta. Existen dos episodios  en la Iliada que constatan entre sí, una a favor de esta tesis y otra en contra.

Así, en el libro XVIII, el divino artesano se desahoga diciendo;

 “Mi madre, cara de perra, me arrojó lejos porque yo era tullido, y a saber que dolores habría padecido mi ánimo si Eurínome y Tetis no me hubiesen  acogido en su seno, en el mar”.

En cambio, en el libro I Hefesto se pone a su favor; “Zeus está airado con Hera a causa de una de las consabidas rencillas, y termina colgándola de la  bóveda celeste tras haberle atado a los pies dos pesados yunques. Con esto, Hefesto interviene en defensa de su madre, lo cual le lleva a sufrir la  brutal ira de Zeus.

Pero, volvamos al primer episodio. Habíamos dejado a Hera aprisionada en su majestuoso y deslumbrante trono. Los Dioses siguieron con su  insistencia para convencer a Hefesto de que liberase a su madre, a aquella madre que le abandonó por su fealdad extrema.

Ante aquella voraz insistencia por parte de las muchas divinidades del Olimpo, el feísimo Hefesto contestó como sigue; “Dado que en vuestra opinión  yo, con mi fealdad, puedo perjudicar a la raza de los Dioses, concededme como esposa a la más bella entre todas, Afrodita. En tal caso, y solo en tal  caso, liberaré a mi madre”.

Dicho y hecho, los Dioses organizaron el matrimonio. Pero los recién casados no habían dispuesto de tiempo casi de recibir los brindis cuando  comenzó a insinuarse el primer amante de la bellísima Afrodita; se trataba de Ares, el Dios de la guerra. A raíz de aquello se formaría el clásico  triangulo amoroso que tendría tanto éxito hasta nuestros días en la comedia ligera y también, por qué no decirlo, en la realidad que nos circunda.

Y es que, por más que quiera uno, no hay intriga amorosa que no se comente por doquier. Efectivamente, cierto día al amanecer, cuando Ares y  Afrodita se habían entretenido más de lo habitual en un prado florido, fueron vistos por Helios, el Dios del Sol, el cual de inmediato, informó del  asunto a Momo, la Diosa de la Maledicencia, quien a su vez, comunicó la novedad a todos los demás, incluso a los que no querían enterarse.

“Apenas hubo escuchado el doloroso relato, Hefesto se dirigió hacia la fragua incubando venganza en su corazón. Puso un gran yunque sobre el  cepo y forjó una irrompible red con la cual apresarlos. Construida la trampa, airado contra Ares se dirigió al tálamo y distribuyó en torno invisibles  ataduras, similares a telarañas sutiles.

Tras haber ocultado entre las sábanas la formidable “telaraña “, sutil pero indestructible, fingió viajar a la isla de Lemonos. Tras dar un beso a su  esposa se marchó.

“Ares cuando vio partir al ilustre artífice, se encaminó hacia la morada de éste anhelando el amor de su amante. Ven querida. Recostémonos en el  lecho y gocemos, – le dijo. Hefesto ya no está en la comarca, se ha marchado hacia Lemnos “.

Cuando estuvieron en la cama se abrazaron, pero en torno a ellos se estrecharon los hilos que el hábil Hefesto había forjado. A partir de ese  momento no consiguieron mover ni agitar sus miembros, hasta que entendieron que no había escapatoria.

Tras aquello, Hefesto cometió un error garrafal; invitó a todos los Dioses a que comprobaran los detalles de la traición. De tal modo, los Dioses  fueron llegando uno a uno y se amontonaron alrededor de la cama para mirar; todos eran varones.

Finalmente, uno tras otro declararon su simpatía por los adúlteros. Afrodita, halagada por tantos, y tan sonrojantes elogios, en el momento oportuno  sabrá recompensar a todos ellos, concibiendo con cada cual al menos un hijo. Con Hermes tendrá uno, que es medio varón y medio hembra,  Hermafrodito; con Poseidón dos, Rodo y Erófilo, y con Dionisio traerá al mundo al monstruoso Priapo, dotado de un gigantesco miembro viril.

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